RFID: la seguridad en entredicho
RFID es un sistema de almacenamiento y recuperación de datos remoto que usa dispositivos denominados etiquetas, transpondedores o tags RFID. El propósito fundamental de
Una etiqueta RFID es un dispositivo pequeño, similar a una pegatina, que puede ser adherida o incorporada a un producto, animal o persona. Contienen antenas para permitirles recibir y responder a peticiones por radiofrecuencia desde un emisor-receptor RFID. Las pasivas no necesitan alimentación eléctrica interna, mientras que las activas sí lo requieren. Una de las ventajas del uso de radiofrecuencia (en lugar, por ejemplo, de infrarrojos) es queno se requiere visión directa entre emisor y receptor.
Pero estas opciones, a fin de cuentas, sólo aportan una mejora frente al código de barras tradicional: la lectura a distancia. No exprimen todo el potencial del RFID.
Uno de los lugares donde más comodidad podría aportar el RFID es en las tiendas, en las que podría sustituir al código de barras. Esta etiqueta electrónica, única por cada unidad de producto (y no por cada tipo de producto, como en la actualidad), informará del precio, su fecha de caducidad si la tiene, su marca, modelo, peso, etc. a cualquier aparato lector habilitado. Además, como la lectura de los chips es por radiofrecuencia, no hay que pasar cada código delante de un haz de luz como en la actualidad, sino que un dispositivo montado en un arco podría contar (y cobrar) por el monto total de productos en el carro sin tener que sacarlos uno a uno. Eso sí, habrá que esperar a que la tecnología esté más depurada porque los lectores de RFID actuales sólo leen por el momento con un producto cada vez.
Los usos futuros rayan la ciencia ficción. Así, una nevera equipada con lector de RFID podría indicar cuándo la fecha de caducidad de un alimento está próxima a vencer. La información que puede almacenar uno de estos dispositivitos es notable, por lo que lo es muy probable que apenas se haya siquiera ideado una pequeña parte de las potencialidades que puede ofrecer.
Sin embargo, el principal problema para su expansión es lo caro que resulta. Un chip RFID barato cuesta 20 céntimos de euro, lo que aparentemente no es mucho, si no fuera por el hecho de que hay que aplicarlo a cada unidad de cada producto, con independencia de su coste comercial. Y, con el precio actual, sólo la etiqueta, por ejemplo, valdría más que un yogur, un coste imposible de asumir por
Ahora bien, en lo que respecta a la seguridad, si un dispositivo lector legítimo puede leer a distancia un chip RFID, uno malintencionado también podrá leerlo. Es la eterna pugna entre los sistemas anticopia y los mecanismos para romper las protecciones, lucha en la que indefectiblemente, acaban ganando estos últimos. Decenas de grupos por los derechos civiles, sobre todo en Estados Unidos, quieren limitar el uso de estas etiquetas porque podrían ejercer un control excesivo sobre el consumidor. Por ejemplo, en el acceso a un comercio, un sistema podría hacer una ficha completa de cada consumidor: qué ropa lleva, qué lleva en los bolsillos (siempre que los productos estén “etiquetados”, claro) y por dónde se mueve. Incluso hay quien aventura una sociedad orwelliana en la que se muestren anuncios en las marquesinas en función de las etiquetas detectadas a su alrededor.
Sin embargo, en la mayoría de ocasiones, el problema se reduce a que alguien a distancia pueda saber qué productos hay en una bolsa cerrada, por ello hay quien acusa de paranoicos a los que pretenden limitar esta tecnología. Eso sí, en algunos casos la amenaza es significativamente más grave: si, como se prevé, los pasaportes de EEUU acaban incorporando RFID, los ciudadanos americanos en el extranjero que busquen ocultar su procedencia estarían retransmitiendo su nacionalidad a cualquier desaprensivo con la tecnología adecuada. Y eso, en el panorama actual es inherentemente peligroso.
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Vía Consumer
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